TRES AÑOS YA
Con la llegada del mes de noviembre, además de los recuerdos profundos que vienen a nuestra vida de las personas queridas para nosotros, que ne un tiempo nos acompañaron y que duermen ya con el sueño de la Vida, esperamos ansiosos el 8 de noviembre.
¿Qué tiene de especial el 8 de noviembre?, me pregunta una señora con cara de extrañeza. Pues que hace ya, tres años, consagrábamos nuestro magnífico Templo parroquial, referente de la arquitectura y del arte Sacro Contemporáneo, pero sobretodo, reflejo de una comunidad cristiana viva y apasionada, como es nuestra parroquia.
Permitidme, mis queridos hermanos, pediros que esta fecha jamás se olvide de lo profundo de vuestro corazón, cuna de nuestros afectos, ni de nuestras agendas; pues debe ser para todos nosotros una fecha que jamás deberíamos olvidar ni que pasara desapercibida. Creo que se ha quedado fijada en nuestra retina aquella tarde del 8 de noviembre del año 2008, tras los nervios normales de los preparativos, con una iglesia abarrotada, hasta tal punto que tantas personas se tuvieron que quedar fuera porque se quedó nuestra Iglesia pequeña, de manos de nuestro anterior Obispo, siempre recordado y también tan querido, D. Jesús, consagrábamos nuestro nuevo Templo parroquial, fruto de vuestra ilusión y de vuestro infatigable y sacrificada aportación económica. Se realizaba así, lo que a mi me gusta llamar el milagro de Santa Mónica.
Por eso te invito a que el próximo día 8 de noviembre a las 8 de la tarde, no te quedes en casa. Se que tenemos muchas cosas que hacer y que quizás al día siguiente haya que volver a trabajar, pero ese día es para volver a la Iglesia, a nuestro Templo, a dar gracias a Dios y celebrar juntos la fiesta del aniversario de la Consagración de nuestro Templo. Sin Ti, ese día nos faltará alguien muy especial, por eso el día 8, a las 8 TE ESPERAMOS...
Noviembre: Mes de la Memoria
Noviembre nos sorprende siempre con una doble memoria que está en la entraña de nuestra noble humanidad cristiana. En primer lugar hacemos la memoria de Todos los Santos. Son todos, también los no canonizados porque no sabríamos hacerlo, porque acaso pasó su santidad desapercibida a nuestra mirada, pero no así ante los ojos de Dios. Y ahí están todos ellos, y con ellos y por ellos la Iglesia entona su más solemne ¡Gloria! Santos anónimos, que sin embargo Dios no olvidó sus nombres.
A estos santos la Iglesia ensalza en estas fechas que cada primero de noviembre, y entre ellos estarán no pocos de los difuntos que venimos a encomendar en nuestros camposantos. Es la segunda memoria que nos apremiamos a realizar también en estos días. Bien sabemos que noviembre no es un mes ceniciento, aunque tiene color malva su paisaje. Es el tono cromático del recuerdo que hacemos de nuestros seres queridos. Es una fecha serenamente esperada cada año, como sereno es el tiempo que ya nos envuelve entre brumas otoñales y alfombras de hojas caídas que ponen una nota de sentimiento calmo.
También yo me acerco al cementerio donde descansan los restos de mis seres queridos, para sentarme con respeto en una esquinita de la lápida que tapa su sepultura y cerrando los ojos dejar que sobrevengan los recuerdos de sus vidas en la mía. Es un modo de dar gracias, mientras con mis manos pongo unas flores y con mis labios elevo por ellos mis oraciones.
Con todos los santos, con todos los fieles difuntos, nos adentramos en este mes en el que desde el consuelo de la fe, se llena de esperanza nuestro corazón, para seguir caminando como peregrinos con la caridad cristiana, siendo testigos del Resucitado en todo aquello que hacemos, lo que sufrimos, lo que gozamos, lo que recordamos y en lo que somos capaces de soñar.
Es este mes un momento de encuentro fraterno y desenfadado, en donde al calor de unas castañas asadas, y gustando un vino dulce, o quizás alrededor de los asiados buñuelos, poder arrimarnos a lo que nos reconcilia, a lo que nos alegra serenamente, a lo que despierta la esperanza por la promesa del Resucitado, mientras reconocemos como verdaderas las palabras del sacerdote Martín Descalzo que dejó en su testamento poético lo que encontró al poco tiempo tras la hermana muerte:
"Y entonces vio la luz. La luz que entraba
por todas las ventanas de su vida.
Vio que el dolor precipitó la huida
y entendió que la muerte ya no estaba ...
Acabar de llorar y hacer preguntas;
ver al Amor sin enigmas ni espejos;
descansar de vivir en la ternura;
tener la paz, la luz, la casa juntas
y hallar, dejando los dolores lejos,
la Noche-luz tras tanta noche oscura".
Descansen en paz nuestros queridos seres difuntos.
Vuestro Párroco
Misas por nuestros difuntos
Como pasa con tantas cosas de nuestra vida, quizás para muchos de los creyentes de hoy, ha perdido el significado o la práctica de celebrar la Sagrada Eucaristía por nuestros difuntos. Por eso esta hoja parroquial puede ayudarnos a redescubrir el infinito valor que tiene celebrar la Misa por ellos.
La tradición de rezar por los muertos se remonta a los primeros tiempos del cristianismo, en donde ya se honraba su recuerdo y se ofrecían oraciones y sacrificios por ellos. Cuando una persona muere ya no es capaz de hacer nada para ganar el cielo; sin embargo, los vivos sí podemos ofrecer nuestras obras para que el difunto alcance la salvación. Con las buenas obras y la oración se puede ayudar a los seres queridos a conseguir el perdón y la purificación de sus pecados para poder participar de la gloria de Dios. A estas oraciones se les llama sufragios. El mejor sufragio es ofrecer la Santa Misa por los difuntos.
Pero en Cristo se nos ha revelado que por la muerte de Él, la muerte de un cristiano acaba en resurrección, no acaba en muerte. Por eso San Pablo nos dice que "no podemos entristecernos como aquellos que no tienen esperanza". Nuestro amigo, nuestro pariente, nuestro vecino, estará otra vez vivo. No sabemos cómo ni sabemos cuándo, pero sí sabemos que lo volveremos a ver, vivo y transformado, vivo y plenificado. Y por eso sí que podemos dar gracias a Dios por Jesucristo.
Este es el sentido realmente importante de la Misa en la que se hace conmemoración de un difunto: proclamar nuestra fe en la resurrección de Cristo, y, por creer en la resurrección de Cristo, anunciar la resurrección futura de esta persona que conmemoramos.
"Tratemos - dice San Juan Crisóstomo - de ayudar dentro de lo posible a los difuntos en lugar de las lágrimas, lamentaciones, o suntuosos sepulcros, por medio de nuestras oraciones, limosnas y sacrificios con el fin de obtener de esta manera para ellos y para nosotros los beneficios prometidos".