
El Espíritu Santo es la tercera persona dela Santísima Trinidad, que procede del Padre y del Hijo por una corriente mutua e inefable de amor. Aunque a menudo es ignorado por muchos fieles, la Iglesia lo reconoce en el Símbolo de la fe como "Señor y dador de vida". Esta vida que Él confiere es la vida sobrenatural, que es el principio dinámico fundamental de todo progreso espiritual hacia la santidad.
En las Sagradas Escrituras, su presencia es constante. En el Antiguo Testamento se manifiesta como el soplo de vida y fuerza de Dios que inspira a profetas y gobernantes. Sin embargo, su plena revelación ocurre en el Nuevo Testamento: Él es quien cubre a María con su sombra en la Encarnación, desciende sobre Jesús en el Jordán y se derrama sobre los apóstoles en Pentecostés.
En la vida del cristiano, el Espíritu Santo es el "Dulce Huésped del alma". Su importancia radica en que, mediante la gracia santificante, nos hace participar de la naturaleza divina, convirtiéndonos en verdaderos hijos de Dios y herederos de la gloria.
Él actúa en nosotros a través de las virtudes infusas y los siete dones, que nos permiten no solo obrar el bien, sino hacerlo al "modo divino", bajo su impulso directo e inmediato. Sin su acción constante y nuestra fidelidad a sus inspiraciones, el alma permanecería estancada en su ascenso hacia Dios.