Capítulo

2

Los dones del Espíritu Santo

1. El don de Temor de Dios: el principio de la sabiduría

Es el primero en la escala de la santificación. No es un miedo servil al castigo, sino un temor de cariño filial hacia Dios. Este don nos hace especialmente dóciles para apartarnos del pecado y someternos amorosamente a la voluntad de Dios, hasta en los pequeños detalles.

Su efecto principal es la humildad y el respeto ante la grandeza infinita de Dios. Se relaciona íntimamente con la esperanza, porque nos ayuda a apoyarnos únicamente en el auxilio de la omnipotencia divina, despojándonos de toda presunción personal. Es el fundamento de la pobreza de espíritu, haciéndonos valorar solo lo que es eterno, imperecedero.

2. El don de Fortaleza: el heroísmo cristiano

Es un hábito sobrenatural que nos robustece para vivir con heroicidad como hijos de Dios, con una invencible confianza en superar cualquier obstáculo. A diferencia de la virtud de la fortaleza, que se limita a las fuerzas humanas, este don nace directamente del poder divino, capacitando al alma para superar sus propias fuerzas naturales.

Este don capacita al cristiano ordinario para vencer las tentaciones del mundo, el demonio y la carne. Produce en el alma una determinación inquebrantable que destruye la tibieza y el miedo, infundiendo el "heroísmo de lo pequeño" en el cumplimiento del deber diario. Bajo su influencia, el alma tiene un hambre insaciable de glorificar a Dios, aceptando cualquier sacrificio con tal de permanecer fiel.

Este don es el que hizo a los mártires enfrentar con paz y alegría grandes sufrimientos.

3. El don de Piedad: el amor de la familia divina

Infunde en la voluntad un afecto filial hacia Dios como Padre, y de fraternidad universal hacia todas las personas. Perfecciona la virtud de la justicia, dándole un matiz de ternura que transforma el cumplimiento del deber en un acto de amor familiar.

Bajo su moción, el alma se abandona con total confianza en los brazos del Padre celestial, eliminando cualquier inquietud. Además, nos hace ver en el prójimo no a un extraño, sino a un hermano en Jesucristo, impulsándonos a las obras de misericordia con una abnegación llena de sencillez.

También extiende su amor a la Virgen María, a los ángeles, a los santos y a la Iglesia entera, considerándolos parte de la propia familia divina.

4. El don de Consejo: el discernimiento sobrenatural

Permite al alma intuir rectamente lo que conviene hacer en casos particulares bajo la guía directa del Espíritu Santo. Es una ayuda indispensable para la virtud de la prudencia, especialmente en situaciones imprevistas donde la razón humana es demasiado torpe para decidir correctamente.

Este don preserva al alma del peligro de una falsa conciencia, dictando con seguridad lo que agrada a Dios por encima de los caprichos personales.

Es vital para quienes deben gobernar o dirigir a otros, pues les inspira los medios más oportunos para guiar a las almas con acierto. Paradójicamente, aunque es una guía divina directa, aumenta la docilidad y obediencia a los legítimos superiores, pues el Espíritu siempre inclina a la humildad y al orden.

5. El don de Ciencia: el mundo como creatura divina

Es la luz sobrenatural que permite a la inteligencia juzgar rectamente de las cosas creadas en orden al fin último. Nos enseña a ver la huella de Dios en la naturaleza y, al mismo tiempo, a experimentar el vacío y la nada de las criaturas cuando se separan de su Creador.

Su efecto es doble: por un lado, produce un desprendimiento perfecto de las cosas de la tierra y, por otro, enseña a usarlas santamente, como escalones para subir a Dios. Este don otorga al cristiano un "instinto de fe" para distinguir la verdad del error.

También llena al alma de una viva contrición al percibir la vanidad de los apegos pasados.

6. El don de Entendimiento: la contemplación sobrenatural

Capacita a la persona para "captar" de forma penetrante las verdades reveladas. Mientras que la fe simplemente acepta la verdad, este don la penetra profundamente, pasando de un conocimiento discursivo a uno contemplativo e intuitivo.

Este don hace que el alma contemple la realidad de Dios oculta bajo los velos eucarísticos y descubra el sentido sobrenatural de las Escrituras. Capacita a la persona para que las verdades divinas le resulten transparentes.

Es la base de la contemplación mística, permitiendo al justo "ver a Dios" de un modo imperfecto, pero real, ya en esta vida, purificando la mirada interior de sus naturales errores.

7. El don de Sabiduría: el gozo de Dios

El don de sabiduría es el más excelente de todos, pues perfecciona la caridad y nos permite compartir la mirada de Dios. Es un conocimiento que no solo "sabe", sino que "saborea" a Dios por íntima comunión.

El cristiano adquiere un sentido sobrenatural de la vida con el que enjuicia los acontecimientos ordinarios bajo la mirada de la Providencia. Lleva la caridad hasta el heroísmo, produciendo una muerte total al egoísmo y haciendo que el alma viva ya en una sociedad inefable con las Tres Divinas Personas.

Proporciona una paz inalterable y hace que el alma saboree las cosas divinas con una dulzura que es un anticipo de la gloria eterna. Es el coronamiento del edificio espiritual en la tierra.

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