Santa Mónica

Capítulo

3

La paz de Ostia

La conversión de Agustín en el jardín de Milán

El verano del año 386 fue el verano en que Mónica vio cumplido lo que había pedido durante treinta años. Agustín, en el jardín de su casa milanesa, oyó la voz de un niño que repetía: Tolle, lege —«Toma, lee»—. Abrió las cartas de Pablo por el capítulo 13 de Romanos y algo en él se rompió para siempre. Fue el desenlace de meses de agonía filosófica y moral, pero también la respuesta a décadas de lágrimas maternas.

Agustín fue bautizado por Ambrosio en la noche de Pascua del 387. Con él recibieron el bautismo su amigo Alipio y su propio hijo Adeodato. Mónica no solo presenció la ceremonia: estuvo allí como quien recibe un premio que no esperaba merecer tan pronto.

Casiciaco: la agudeza filosófica de la “ignorante” Mónica

Antes del bautismo, Agustín se retiró con un grupo de amigos y con su madre a una villa de campo en Casiciaco, cerca de Milán, propiedad de un amigo. Allí pasaron varios meses en lo que podría describirse como una comunidad filosófica cristiana avant la lettre: discusión, oración, lectura de los clásicos y de las Escrituras, y largas conversaciones nocturnas.

Mónica participó activamente en esas veladas intelectuales. Los diálogos filosóficos que Agustín escribió en Casiciaco —De beata vita, Contra Academicos, De ordine— la incluyen como interlocutora. No era un gesto de cortesía: Agustín reconoce en ella una agudeza filosófica natural que superaba su falta de formación formal. En el De beata vita, Mónica da con la definición correcta de la vida feliz antes que ninguno de los jóvenes instruidos que le rodeaban.

Fueron, probablemente, los meses más serenos que madre e hijo compartieron en toda su vida.

El regreso a África: la ventana de Ostia

Tras el bautismo, Agustín decidió volver a África para fundar allí una comunidad monástica. El grupo viajó hasta Ostia, el puerto de Roma, para esperar una nave favorable. Fue durante esa espera cuando ocurrió el episodio más célebre de las Confesiones: la «visión de Ostia».

Madre e hijo estaban asomados a una ventana que daba a un jardín interior. Hablaban, solos, sobre la vida eterna: qué podría ser, cómo sería la existencia de los bienaventurados, más allá del tiempo y de los sentidos. En un momento dado, refiere Agustín, algo ocurrió que ninguno de los dos supo después expresar con exactitud: como si hubieran rozado por un instante aquello de lo que hablaban.

"Tendimos el vuelo del corazón hacia las aguas eternas... y por un momento las tocamos."
— Agustín, Confesiones IX, 10

La visión de Ostia es uno de los textos místicos más comentados de toda la literatura cristiana. Este momento místico se representa en el retablo de la Iglesia con la escultura de Santa Mónica, obra del escultor Javier Viver.

La muerte de Mónica en Ostia

Poco días después de aquella conversación cayó enferma. Cuando sus hijos y los amigos que la rodeaban empezaron a hablar de los planes para llevar su cuerpo de vuelta a África, junto a la tumba de Patricio, Mónica les detuvo con una frase que Agustín recoge con asombro:

"Enterrad este cuerpo en cualquier parte; no os preocupéis por eso. Solo os pido que me recordéis ante el altar del Señor dondequiera que estéis."
— Agustín, Confesiones IX, 11

La mujer que había cruzado el Mediterráneo persiguiendo a su hijo ya no necesitaba volver. Había encontrado en Ostia algo más importante que la tierra de sus ancestros.

Mónica murió en el año 387 d.C., con 56 años. Fue enterrada en Ostia. En el siglo XV sus restos fueron trasladados a Roma, donde hoy reposan en la iglesia de Sant'Agostino, no lejos del Panteón.

El legado: patrona de madres y esposas

La Iglesia celebra la memoria de santa Mónica el 27 de agosto, un día antes de la fiesta de su hijo Agustín. Esta sucesión no es casual: expresa la convicción de que sin la madre no habría sido posible el santo. Juan Pablo II, en su carta apostólica Mulieris dignitatem de 1988, citó a Mónica como ejemplo paradigmático de la maternidad espiritual entendida como vocación.

En la tradición devocional, Mónica es patrona de las madres, de las esposas con matrimonios difíciles y de quienes esperan la conversión de un ser querido. Sus atributos iconográficos son el libro de las Escrituras, el corazón y —con frecuencia— unas lágrimas que brillan sobre su mejilla.

Pero quizás el legado más duradero de Mónica no es el hagiográfico sino el literario. Es ella quien hace posible las Confesiones: Agustín escribe su autobiografía espiritual mirando hacia atrás y viendo a su madre en cada encrucijada. Sin Mónica no habría el libro más leído de la Antigüedad tardía después de la Biblia.

Epílogo: lo que Mónica nos sigue diciendo

Leer la historia de Mónica en el siglo XXI exige honestidad: hay en ella gestos que producen incomodidad, paciencia y decisiones incomprensibles para la mirada contemporánea. Pero hay también algo que trasciende su época: Mónica nos mostró que la heroicidad de la santidad a veces solo consiste en perseverar en la oración y esperar.

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