Santa Mónica

Capítulo

1

Raíces en el desierto

África, año 331 d. C.

Tagaste —hoy Souk Ahras, en la actual Argelia— era, a mediados del siglo IV, una ciudad de provincias. Ni especialmente grande ni especialmente influyente. Una de tantas en el África romana.

Pero el momento histórico sí era particular. En el norte de África convivían tradiciones muy distintas: cultos antiguos, comunidades judías y un cristianismo que crecía, aunque no sin conflictos. El cisma donatista llevaba tiempo dividiendo a los creyentes, y no siempre estaba claro qué significaba ser cristiano.

En ese contexto nació Mónica, hacia el año 331 d.C. Sobre su infancia sabemos poco, y casi todo a través de su hijo, que escribiría muchos años después. Lo que él recuerda, en todo caso, es bastante claro: su madre fue formada en una fe seria, más práctica que teórica, más vivida que explicada.

"Había sido criada en la sobriedad y en la abstinencia, formada en ella más por ti [Dios] que por sus padres.”
— Agustin, Confesiones IX, 8

La fe de su nodriza

En ese ambiente doméstico hay una figura que aparece de forma discreta, pero constante: la nodriza. No conocemos muchos detalles de la familia de Mónica, aunque parece que pertenecía a un entorno acomodado dentro de la vida local. Pero sí sabemos que esta mujer mayor tuvo un papel importante en su educación.

Esta anciana —llamada a veces en la tradición «Amma»— habría inculcado a Mónica el hábito de la oración, el ayuno regular y un respeto profundo por las Escrituras que entonces comenzaban a circular en latín en versiones anteriores a la Vulgata de Jerónimo.

También hay que tener en cuenta el entorno: crecer en el norte de África en ese momento significaba convivir con discusiones religiosas reales. El cristianismo no era algo uniforme, y las divisiones —como la de los donatistas— estaban muy presentes en la vida cotidiana.

La conversión de su marido

Alrededor de los veinte años, Mónica se casó con Patricio, un ciudadano romano de Tagaste.

El matrimonio duró décadas y, por lo que sabemos, no fue fácil para Mónica. Patricio era pagano, tenía un carácter fuerte y, según refiere Agustín, dado a las relaciones extramaritales. Aun así, él tenía cierta posición social y aspiraba a que su hijo progresara.

"Cuando veía que el enfado de su marido se encendía, ella no se oponía con palabras ni con actos, sino que esperaba a que se calmase."
— Agustín, Confesiones IX, 9

Con el tiempo, esa constancia tuvo un resultado importante: poco antes de morir, Patricio recibió el bautismo. Para Mónica fue la primera gran victoria de sus lágrimas.

Sus hijos: Agustín, Navigio y Perpetua

El matrimonio tuvo al menos tres hijos: Navigio, Perpetua y Agustín, el menor —o en todo caso el más célebre. Perpetua acabó consagrándose a la vida religiosa; de Navigio sabemos muy poco. Agustín, en cambio, concentró desde muy pronto la esperanza y la angustia de su madre.

Desde joven, Agustín destacó por su inteligencia y su capacidad para el estudio. Su padre apostó por su formación en retórica, viendo en ello una oportunidad de ascenso social. Mónica, en cambio, quería que su hijo encontrara a Dios. La tensión entre esas dos expectativas marcaría los veinte años siguientes de la vida de ambos.

La esperanza que no decae

Lo que más llama la atención en el retrato que hace Agustín de su madre es su constancia. Acudía a la basílica cada día; ayunaba con regularidad; lloraba por los pecados de su hijo como si fueran los suyos propios. No era una beatería superficial: sus lágrimas nacían de una fe que entendía el amor como responsabilidad.

En un momento de especial preocupación, acudió a un obispo. No sabemos quién era, pero la respuesta que recibió ha quedado como una de las frases más conocidas de esta historia:

«Es imposible que el hijo de tantas lágrimas perezca.»

La historia de Mónica no es la de quien que va colmando sus deseos, sino la de alguien que sabe esperar..., y esperar. Y lo que viene después será más exigente, porque su hijo aún no ha empezado a caer del todo y, menos aún, a levantarse.

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